Observaba el océano a diario y esa línea en la que éste se perdía en el horizonte.
Me despedí del sol tantas veces que ya no recuerdo mi edad, ni las olas con las que me ahogué en las madrugadas.
Pero estaba bien, estaba en el lugar correcto.
A diario hubo un hombre, sentado sobre la proa de un pequeño velero que lucía a ambos lados la palabra Yesterdays en cursiva y color dorado. Lo anclaba a mi roca y así yo era capaz de ver lo que hacía.
En ocasiones me dibujaba, otras veces escribía, algunas otras sólo me observaba, y sacaba una cámara para hacer tomas de mí y de todo el cuadro que nos rodeaba.
No sabría explicar por qué hacía lo mismo todos los días, solamente lo observaba y él sonreía.
Admito que a veces ese pequeño hombre me causaba algo de risa, pero en definitiva, la gran mayoría del tiempo, simplemente me producía tristeza. Creo que se debía a que podía sentir su nostalgia.
Para mí no estaba loco, era un gran amigo que hablaba conmigo esas tardes y juntos veíamos el sol caer y apagarse con el agua del mar.
Entonces, yo me burlaba de ese sol por ser tan inconstante, por ser tan presumido y a la vez tan cobarde como para permanecer.
No era como las olas; ellas siempre estaban allí. También el viento. También el manto azul que nos cubría, aunque el sol se marchara.
El hombre subía a mi roca y paseaba a mi alrededor, abría mi puerta y encendía mi luz de noche para que otros pudieran verla. Él era quien velaba por mí, quien me cuidaba y hacía compañía.
—Tienes suerte de ser un faro —me decía—. Aunque supongo que tú darías todo por ser un hombre.
Y él tenía razón.
Este faro daría todo por ser un hombre.
¡Ojalá pudiera tener las mismas oportunidades que uno!
Yo solamente tengo que brillar, ese es mi oficio. Pero un hombre… un hombre puede hacer lo que quiera.
















